jueves, 12 de febrero de 2009

Tempestad

Tenía la mirada perdida en el horizonte, exactamente en donde lo tangible y lo etéreo se dividen. Un último halo de luz brillaba en aquella línea imperturbable, la mezcla perfecta entre los colores que dibujaban su existencia. La luz se difuminó, desvaneciéndose sin dejar rastro alguno de su muerte, y las tinieblas se apoderaron del escenario. Todo era paz y tranquilidad al borde del precipicio, él estaba sentado sobre el deslumbrado césped, sus dedos se enredaban entre la maleza y sus pensamientos viajaban hacía la oscuridad.

Súbitamente, la cúpula negra y estrellada por encima de él, se torno de un blanco rojizo, casi morado. El cielo se cubrió de nubes densas, y con ellas, el cúmulo espontáneo estalló sobre él. Explotaba el horizonte, rugía el espacio por todos lados, la brisa que antes le acariciaba el rostro, comenzó a transformarse en un vendaval que le arremolinaba los cabellos al mismo tiempo que sus pensamientos se mezclaban con los relámpagos que iluminaban intermitentemente la escena. La tranquilidad del espejo estrellado, se vio radicalmente afectado por el mal tiempo, aquél mar tranquilo era ahora una marejada exorbitante de debilidades y miedos, acaecidos por la frágil voluntad de entablar resistencia. Todo enfrente de él era, de repente, un caos insostenible. El cielo rugía endemoniadamente e irradiaba locura y tempestad, el mar era una exaltación de olas que se precipitaban en contra de la base firme que sostenía su estructura emocional.

Él, imperturbable espectador, permanecía fijo a su posición, con los ojos bien abiertos y aún fijos en aquél punto imaginario donde, en la serenidad, existió un indicio de bienestar. Así, inerte y enraizado a sus ideas, permaneció imperturbable sobre el húmedo césped que yacía por debajo de él. El mar era pura espuma agitándose de un lado a otro de su campo de visión. El cielo era una batalla incandescente que reptaba y avanzaba, deslumbrando su empecinamiento, todo alrededor de él reflejaba su interior.

En un instante de claridad, se despojó de sus mojadas ropas. Poniéndose de pie, para encarar a la tempestad, se detuvo en el borde que lo colocaba en un punto, imaginario, entre la espuma y la intensidad y la bravura de la estratósfera. Cerró un instante sus ojos, dejándose invadir por el fuerte vendaval que se suscitaba entre el cielo y el infierno. Extendió los brazos, sentía las gotas de agua que, desde el cielo y el mar, se estrellaban en su cuerpo. El oleaje debajo de él, estrellaba su portentoso vaivén en los cimientos de aquél viejo cuerpo rocoso, salpicando poderosos remanentes de inestabilidad encima del cuerpo desvalido que se mantenía de pie al borde del abismo.

Tenía la mirada perdida en el horizonte excitado. Solamente observaba la espuma emerger del mar, haces de luz descender del cielo. Sentía la intensidad del viento arremolinarse a su alrededor. Sus pensamientos se perdieron en el tiempo. Se cruzó de brazos, esperando la calma que, impacientemente, nunca llegó. Un sonido retumbó en sus oídos, la roca había desistido, sucumbiendo ante la gravedad. Una imagen cegadora le cubrió los parpados, deslumbrándole los sentimientos. Sintió caer, y miró hacía el cielo, imploró volar. Se sentía vacío y muy liviano. Sus sentimientos le habían abandonado, sus pensamientos se habían perdido en la tempestad, sus sensaciones se habían multiplicado. Cayó.

Todo él era espuma.

3 comentarios:

Silouete dijo...

Interesante, estare pensando en lo que has escrito...

aLba dijo...

por muy intangible que sea algo ... nunca desaparece del todo :)

rOo RAMONE dijo...

interesante...
feliz catorceeeeeeeeeeeeeeeeeeee